Amundsen, Cook o Livingstone son los primeros nombres que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en expediciones y aventuras. Sin duda han dejado una destacada huella en la memoria colectiva. Pero entre ese grupo de intrépidos viajeros del siglo IXX y XX se coló alguna mujer a las que la revista National Geographic ya les ha dedicado algún artículo en reconocimiento por sus aportaciones.
Alexandra David-Néel es una de las mencionadas. Nadie ha resumido mejor que ella el verdadero sentido del viaje: “Quienes viajan sin encontrarse a sí mismos y a otras personas no viajan, sólo se trasladan”.
Hija de franceses que vivieron a caballo entre París y Bruselas, desde muy joven demostró una gran personalidad. Con 15 años intentó embarcarse sola rumbo a Gran Bretaña. Su familia, horrorizada, se lo impidió. A finales del siglo XIX las mujeres jóvenes debían viajar siempre acompañadas. No fue su caso. Antes de cumplir 25 años ya había recorrido por su cuenta India, Túnez y España, que visitó en bicicleta.
Proyectó su vida como un trasiego constante y realizó algunos viajes extraordinarios también por el placer de narrarlos más tarde. Afirman sus biografos que no fue una gran viajera. Es la gran viajera. Nunca le dio importancia a sus hitos; uno de ellos ser la primera extranjera que entró en la ciudad prohibida de Lhasa.
Apasionada de la música y políglota se conviritió en experta en la cultura del Tíbet, y gran difusora del budismo en Francia. También fue periodista y conferenciante. Pero sobre todo fue un espíritu indomable. Poco antes de morir, a punto de cumplir los 101 años, renovó el pasaporte porque la necesidad de viajar se había convertido en una adicción. "Por si acaso, que nunca se sabe", afirmó.
Hija de franceses que vivieron a caballo entre París y Bruselas, desde muy joven demostró una gran personalidad. Con 15 años intentó embarcarse sola rumbo a Gran Bretaña. Su familia, horrorizada, se lo impidió. A finales del siglo XIX las mujeres jóvenes debían viajar siempre acompañadas. No fue su caso. Antes de cumplir 25 años ya había recorrido por su cuenta India, Túnez y España, que visitó en bicicleta.
Proyectó su vida como un trasiego constante y realizó algunos viajes extraordinarios también por el placer de narrarlos más tarde. Afirman sus biografos que no fue una gran viajera. Es la gran viajera. Nunca le dio importancia a sus hitos; uno de ellos ser la primera extranjera que entró en la ciudad prohibida de Lhasa.
Apasionada de la música y políglota se conviritió en experta en la cultura del Tíbet, y gran difusora del budismo en Francia. También fue periodista y conferenciante. Pero sobre todo fue un espíritu indomable. Poco antes de morir, a punto de cumplir los 101 años, renovó el pasaporte porque la necesidad de viajar se había convertido en una adicción. "Por si acaso, que nunca se sabe", afirmó.

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